Sebastián Edwards: "Chile y la Argentina, funcionando a toda máquina, harían que esta parte del Cono Sur sea imparable"

Economía El Economista
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El profesor Sebastián Edwards habla con El Economista a paso lento, mientras pasea a su perra Alicia. Ambos caminan por un barrio japonés de Los Ángeles.

Edwards es profesor en la University of California, Los Angeles (UCLA) desde 1981, y hoy ocupa la cátedra Henry Ford II de Gestión Internacional. En su currículum aparecen la investigación académica y la consultoría de alto vuelo, y su modo de contar esas credenciales prefiere la anécdota que pincha la solemnidad.

En su casa, la economía es un idioma compartido. Su esposa, Alejandra Cox, también se formó en Chicago: doctorado, docencia en el sistema de California State University, directorios y consultorías. "Alejandra es una Chicago girl", la introduce Edwards. 

 
Aunque la historia de Edwards no empieza en los pasillos de una business school ni en un paper de macroeconomía. Empieza en Chile con la política en la calle y el miedo en el cuerpo. 

Edwards nació en Santiago y estudió Economía en los años más tensos del país —un Chile atravesado por polarización y crisis institucional—. Entre 1971 y 1973 estuvo en la Universidad de Chile, en la facultad de Economía Política. Allí, señala, se trataba de construir modelos de planificación marxista, con matemática. 

Militó en el Partido Socialista entre 1971 y 1973, dentro de la coalición que llevó a Salvador Allende a la presidencia.

 
Después vino el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 contra Allende cuando cerraron la facultad y expulsaron a los alumnos. Con el tiempo, la dictadura permitió que algunos expulsados volvieran a estudiar, y un puñado logró transferirse a la Universidad Católica. 

El salto fue un "shock" para Edwards. 

A partir de 1974 Sebastián Edwards se encontró con otra vida en la Universidad Católica. Menos calle, más biblioteca. Más miedo, también. Cuenta que casi no salía, que evitaba bares, que jugaba al fútbol con un círculo mínimo: el terror a una denuncia alcanzaba. En ese encierro forzado, una ventaja inesperada se volvió decisiva: Edwards venía de un colegio bilingüe. Mientras otros alumnos corrían detrás de traducciones malas y fotocopias carísimas, Edwards pedía los textos originales en inglés, y la biblioteca se los prestaba por una semana.

 
Se recibió en 1975 y empezó a dar clases en la Católica, como profesor joven, con la idea fija de una carrera académica. Duró poco: llegaron "instrucciones" de arriba y lo echaron. No podía haber un profesor de izquierda en el aula. Primero perdió la cátedra; más tarde, desde el sector privado, escribió en diarios y eso fue lo que terminó de encender alarmas en el régimen.

Edwards entró a trabajar para un grupo económico que empezaba a comprar privatizaciones, y ahí le pidieron que escribiera columnas en periódicos. Uno de esos textos irritó a una autoridad alta del régimen. A su jefe le advirtieron que, si Edwards volvía a publicar, la empresa iba a pagar el costo.

Así se cultivó un clima de urgencia personal. Su esposa Alejandra estaba embarazada de su primera hija (hoy tienen tres hijos). Finalmente, se exiliaron a Chicago. 

 
Edwards había imaginado un plan distinto: un año en Chicago y luego Cambridge, con profesores progresistas. La realidad escribió otro guión. 

Chicago lo capturó: "Me enamoré de la economía ortodoxa", narra, y habla de elegancia. De diagramas, curvas, tangentes. De una disciplina que, para él, ofrecía un orden mental cuando el país se había quedado sin orden político. 

Entre 1977 y 1981 hizo la maestría y el doctorado; en esa camada, recuerda, estuvieron Ricardo López Murphy y Fernando de Santibáñez, entre otros.


El éxito, admite, también seduce. En Chicago le fue bien. Y, al final, se quedó. 

En 1981 la UCLA lo contrató como profesor. Comparte que su promoción fue inusualmente rápida: hacia 1988 ya era profesor titular. En 1993 pidió licencia y se fue al Banco Mundial. Allí, como economista jefe para América Latina y el Caribe, vivió desde adentro el inicio de las reformas regionales: apertura, privatizaciones, mercados de capitales, promoción exportadora. En paralelo, caía el muro de Berlín y se disolvía la Unión Soviética: los países de Europa del Este entraban al Banco Mundial y buscaban lecciones de América Latina.

Edwards recuerda discusiones sobre con qué secuencia privatizar. Si se privatizaban primero los bancos, los nuevos dueños usaban el crédito para comprarse las empresas. Si se privatizaban primero las empresas, faltaba crédito y crecían la corrupción y los remates baratos. "Trabajamos mucho en la secuencia óptima de las reformas", atestigua.


Volvió a la University of California, Los Angeles (UCLA) y desde ahí sostuvo dos proyectos en paralelo: la del investigador —seminarios, publicaciones, libros— y la del consultor que viaja, escucha, aconseja. En septiembre de 2004 sumó otro capítulo: el Consejo de Asesores Económicos del gobernador Arnold Schwarzenegger. El llamado, cuenta Edwards en la charla con El Economista, vino de George Shultz, ex secretario de Estado de Reagan. 

 

Durante la propuesta, Shultz le cuenta que Milton Friedman y Gary Becker ya habían aceptado formar parte del equipo de Schwarzenegger. Y le agrega una razón práctica: el principal socio comercial de California era México, y el gobernador necesitaba a alguien que supiera en profundidad sobre América Latina. Edwards aceptó.


En Sacramento, cada cinco o seis semanas, se sentaban en una mesa enorme. Shultz en la cabecera, Friedman a su derecha. Podían exponer dos minutos por persona. Arnold Schwarzenegger aparecía hacia el final: dentro del California State Capitol regía la prohibición de fumar en edificios estatales, por eso antes pasaba por una carpa en el patio interior para el habano.

El consejo de Schwarzenegger se metía con política dura. En esos años, el debate migratorio ocupaba el centro. A Edwards le pidieron un estudio: qué le pasaría a la economía californiana si deportaban a todos los indocumentados. Qué sectores caían, qué efecto dominó aparecía, qué políticas valían. Edwards dice que ese trabajo, veinte años después, sigue vigente.

Ya en los últimos años, volvió sobre la historia chilena que lo marcó: en 2023 publicó The Chile Project: The Story of the Chicago Boys and the Downfall of Neoliberalism, por Princeton University Press.


Antes de conversar sobre la coyuntura argentina y chilena, Edwards se detiene en otra lealtad: la de sus alumnos. Nombra a economistas argentinos formados bajo su tutela y, como quien deja caer una ficha en la mesa, trae un nombre con peso propio en la política económica local. Edwards comparte que Federico Sturzenegger, actual ministro de desregulación de Milei, empezó su vida académica como profesor joven en la University of California, Los Angeles (UCLA), antes de pasar por el Banco Central y, años más tarde, por el gobierno argentino. "A Freddy [Sturzenegger] lo contraté yo cuando se graduó del MIT. Lo traje como profesor asistente", detalla Edwards. 

La caminata por Los Ángeles continúa con su perra Alicia con la correa apenas tensa y el barrio japonés como telón de fondo. Sebastián Edwards habla desde el lugar de quien es testigo de cómo una decisión técnica se vuelve política, y cómo la política, a su vez, exige su propia puesta en escena. Por eso, cuando vuelve a decir "credibilidad", lo hace como quien nombra la condición mínima para que el resto —bandas, anclas, promesas— no se desplome.

 

 Cuando Edwards vuelve a decir "credibilidad", lo hace como quien nombra la condición mínima para que el resto —bandas, anclas, promesas— no se desplome.

—¿Qué lectura hacés de los primeros dos años de Javier Milei? —le pregunta El Economista a Sebastián Edwards. 

—Ha sido manejado de forma magistral. Hubo, claro, momentos en los que cundió el pánico y se sembraron dudas. Aun así, creo que Luis Caputo, con la ayuda de mi gran amigo y compatriota José Luis Daza como viceministro de Economía, y del resto del equipo, lograron zafar de eso. Y Federico Sturzenegger jugó un rol muy importante. 

Actualmente estoy bastante optimista respecto de la Argentina. Y hay otro dato relevante: cuando a José Luis Daza le ofrecieron el ministerio en Chile, salí por los diarios a decir que, si yo fuera él, me quedaba en la Argentina porque es mucho más épico. Si forma parte del equipo que finalmente logre que la Argentina rinda a la altura de su potencial, eso es mucho más victorioso que enderezar apenas el rumbo de Chile, que se había torcido, aunque no tanto.

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