



Walker es mucho más que un personaje: es un verbo en movimiento. Caminar como destino, avanzar como fe, ocupar como si el suelo ya hubiera sido prometido antes de ser pisado.
En este extraño western de 1987 dirigido por el británico Alex Cox, el Imperio no entra a una Nicaragua a la que podría tocarle el próximo turno tras Venezuela: se pone en marcha, convencido de que todo camino recto es legítimo por el simple hecho de existir.
William Walker camina como marcha la Historia cuando cree tener razón: sin mirar demasiado a los costados, sin escuchar otras melodías, seguro de que el punto de partida justifica cualquier llegada.
Pero ya desde el comienzo, en una escena casi muda, el film introduce la grieta. Ellen, el personaje encarnado por la reconocida actriz sorda Marlee Matlin, dice en señas lo que el Imperio no puede decir en voz alta: que el Destino Manifiesto no es un mandato divino, sino una coartada, una fachada pomposa para esclavizar, someter o dominar a los villanos de turno.
"Y aquellos que fueron vistos bailando, fueron considerados locos por quienes no podían escuchar la música". ¿Quién mejor que Ellen para comprender ese magistral aforismo de Friedrich Nietzsche? En particular, tras su indignación al leer en los labios de su propio amado, la falopa adornada con tintes místicos de que Dios le había dado a los estadounidenses el derecho de dominar a Occidente.
A partir de ahí, el camino sigue, sí, pero ya no es recto: es un sendero que avanza mientras se descompone, un andar que acumula poder al mismo tiempo que pierde control. Porque en toda Caminata Imperial hay un momento en que el paso deja de obedecer al mapa y empieza, peligrosamente, a obedecerse a sí mismo.
El espejo del Coronel Kurtz
Walker anticipa una figura que el cine y la historia volverán a visitar una y otra vez: la del hombre que, enviado a ejecutar una orden, termina encarnándola más allá de cualquier mandato.
Como el coronel Kurtz en Apocalypse Now, Walker no se rebela contra el Imperio: lo lleva a su extremo lógico. Una vez en territorio ocupado, la operación deja de responder al patrocinador y comienza a seguir el guión de su propia liturgia. In memoriam Marlon Brando.
El magnate Cornelius Vanderbilt quiere barcos circulando; pero Walker quiere Historia. Kurtz debía pacificar; pero termina fundando un reino. Vietnam, como Nicaragua en Walker, no fue un error táctico sino un desborde simbólico: el momento en que la intervención ya no persigue objetivos mensurables y empieza a producir sentido por sí misma.
Allí el Imperio pierde algo más grave que la guerra: extravía el control del relato. El enviado se vuelve autor. El ejecutor, mito. Y el camino, que debía tener un destino claro, se transforma en una espiral donde avanzar es indistinguible de hundirse.
Trump, el lado B de Walker
Walker camina. Kurtz se interna en la selva. El Imperio, mientras tanto, sigue creyendo que todavía conduce. Con Donald Trump el Imperio parece aprender una lección, pero ¡a no comerse la curva!: puede no ser más que en el plano de la superficie.
Ya no hay Destino Manifiesto, ni cruzadas morales, ni promesas de redención. No hay épica: hay gerencia. Trump no camina: negocia. No habla de Historia, habla de costos y de barriles de petróleo.
Dónde antes había discursos civilizatorios, ahora hay contratos, licencias, balances y CEOs de grandes compañías que, como el de la petrolera Exxon, no son optimistas respecto a la incierta operación de reflotar el Titanic energético venezolano.
Y, por supuesto, la fachada de un Imperio que, supuestamente, realizó un sinnúmero de infalibles cálculos previos y hasta abordó conversaciones con los líderes de otras grandes potencias, en un aparente marco de nueva división del mundo en esferas de influencia de Estados Unidos, Rusia y China.
Vale resaltar: del chiquitaje hoy equivalente a ese que tiró abajo a las Torres Gemelas en el corazón financiero de Nueva York en 2001, ni referencias a la vista. O de una eventual contradicción, ¿apenas del orden espiritual?, como la que ya se insinúa con el sucesor de nuestro Papa Francisco, León XIV, tampoco. Menos aún alusiones a lo que sería una peor catástrofe que la tercera guerra mundial: la suspensión del próximo Mundial de Fútbol y la pelota manchada.
Por qué un western de 1987 dice más sobre EE.UU. que todos sus discursos
En este aspecto, Venezuela no es un país a transformar ni un régimen a reconfigurar: es apenas un nodo transaccional gobernado por la excelsa garrochista Delcy Rodríguez. Petróleo a cambio de alivio de sanciones. Presos políticos en calidad de trueque de una estabilidad mínima.
Trump parece el anti-Walker. Pero solo parece. Porque al abandonar el mito, Trump no abandona el poder: abandona el relato que lo contenía. En tal sentido, el imperialismo sin épica es más rápido, más cínico, pero también más frágil.
Cree que al no penetrar profundamente las estructuras políticas locales evitará que el camino se le escape de las manos. Asimismo, calcula que puede asegurar intereses sin generar desbordes.
La historia sugiere lo contrario. Incluso las operaciones "limitadas" producen actores autónomos, expectativas, resentimientos. Y, porqué no, los famosos cisnes negros que, de negros muchas veces no tienen tanto, sino más bien operan en la zona del viejo adagio que indica que en política no hay sorpresas, sino sorprendidos.
El Imperio británico funcionó mientras el mundo era lento, marítimo y jerárquico. En el siglo XXI, dónde el poder circula a la velocidad de los datos, no penetrar es otra forma de perder control.
Trump anuncia la vuelta de la producción manufacturera local, el renacimiento del ya vintage Made in USA, incluso la fantasía de que países como Venezuela volverán a comprar insumos y productos tan estadounidenses como los materiales de su propia cadena hotelera que, si hay algo que tienen como denominador común, es su manufactura en el este europeo o en el sudeste asiático. De las manos de un redneck del medio oeste norteamericano ni señales.
Pero el mundo que permitió esa coreografía ya no existe. La producción no sigue banderas: sigue cadenas de valor, automatización, energía, estabilidad tecnológica.
Intentar poner el mundo en reversa no reactivará el empleo masivo, sino que acelerará la robotización. Mientras Trump habla de fábricas y obreros, el futuro que se impone, el que anuncian empresarios como Elon Musk, es uno con menos trabajo humano, más inteligencia artificial, más chips, más abstracción.
No estamos en una Oil War, sino en una Chip War. El conflicto decisivo ya no pasa por el subsuelo, sino por el silicio. Y así volvemos al punto de partida.
El camino de Walker estaba claro al comenzar. El de Trump también. Pero el problema nunca fue el inicio. El problema es creer que el mundo sigue esperando órdenes, pasos firmes o firmas al pie de un contrato.
Ni el camino ni el contrato
Walker caminó creyendo que el mundo era un sendero recto. Trump negocia con la convicción de que el mundo es un acuerdo. Pero ni el camino ni el contrato mandan ya.
El siglo XXI no castiga la hybris, la desmesura, con selvas ni con derrotas militares: la castiga con irrelevancia. El poder que no entiende el terreno, sea tecnológico, ambiental o simbólico, sigue avanzando o firmando convencido de que todavía controla algo.
Walker no supo cuándo detenerse. Trump cree que puede hacerlo a tiempo. Ambos comparten el mismo error de fondo: creer que el mundo sigue siendo caminable.
El camino empieza siempre en un punto claro. Lo que nunca vuelve a ser claro es quién camina a quién. Para muestra, sobra el botón del mercado de valores norteamericano: con la excepción de la petrolera árabe Aramco, nueve de las diez compañías de mayor valor, hoy tienen que ver con activos intangibles, patentes, códigos, archivos digitales.
Cox representa en Walker semejantes contrastes tecnológicos de una forma desopilante: mientras una carreta avanza por los polvorientos senderos de una Nicaragua ambientada a mediados del siglo XIX, un Mercedes Benz último modelo la sobrepasa a toda velocidad sin que sus ocupantes ni reparen en semejante evento traído de los pelos.
Ni más ni menos que la contradicción entre el mundo de las grandes operaciones militares del siglo XX versus el universo digital del siglo XXI dónde resulta imposible extirpar las imágenes de una ciudadana a la que la triple A de época activada por Trump le vuela la cabeza en vivo.
El Mercedes Benz de este tiempo a la par de la carreta con los caballos galopando por los andurriales del Caribe que tienen tanta probabilidad de democratizarse y de modernizar sus industrias, la petrolera entre ellas, como de Haití ganar la próxima Copa del Mundo que, vale repetir, ¡Dios no permita que no se juegue!




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